Perdernos
No decidimos
adueñarnos del aquí y el ahora, pero lo hicimos. No era difícil leer en su cara
los segundos que sin querer convertía en nada. El tiempo dejó de tener sentido,
y con él la ropa que nos cubría. Dejamos las fechas como asignatura pendiente
para lanzarnos a la atemporalidad. Sobrevivimos a base de orgasmos, no nos hizo
falta nada más. Casi se nos olvidó respirar. Aprendimos a canjear problemas por
remedios, esos que empezaban por un beso y acababan en la cama, su cama, tan
fría ya. Sacaba lo peor de mí, no sin después sacar lo mejor. Jamás tuvimos
nuestra canción, tuvimos un millón. Más que en mi maquillaje, creyó en mí.
Entre una infinidad de cosas, me enseñó a encontrarme, a comprenderme, a
quererme. Convirtió mis piernas en su excursión favorita. Hasta el más
insignificante plan se convertía en aventura si lo hacíamos juntos. Éramos una
mezcla de ilusión y ganas.
Hubiera jurado que en nuestras vidas no existiría
más bella combinación que la de nuestras manos, que la de nuestras piernas
enredadas en la cama después de una de esas batallas que concluían los días de
verano. Hubiera jurado que no había nada más verdadero que lo que él tocaba,
nada más cierto que lo que salía de su boca, y qué boca... Se nos hizo corto el
“para siempre”, no concebía un minuto sin mirarme, sin tocarme, me convertí en
su necesidad primordial. Podría decir que llegamos a convertirnos en una sola
persona, bonita afirmación que más tarde nos llevaría a perdernos. No hubo nada
más grande que la conexión que teníamos, era como hablar con otra boca, mirar
con otros ojos que, en el fondo, nunca fueron míos. Ahora sé y confirmo que
nada es infinito; encontró otra excursión en otras piernas, con otro millón de
canciones y otros cientos de orgasmos. Me dejó con las ganas, me perdí como nunca
lo había hecho antes. Me dejó a deber unos cuantos besos, pero ya no los busco.
Ya no los quiero.

Decidido. Fan.
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